Relato de terror: “Tenemos que hablar”

Todo empezó aquel puto 21 de diciembre de 2012. “Tenemos que hablar”. Cuando una mujer te dice esas tres palabras, sabes que algo malo va a pasar. Y así fue. Con aquello puso fin a siete años de relación.

Muy tocado, tenía que iniciar una nueva vida para no acabar hundido. En apenas dos meses perdí unos 20 kilos, y aquellos siete años de relación habían conseguido mejorar mi habilidad con las mujeres. Entre una cosa y la otra, me había convertido en un hombre atractivo, o al menos eso era lo que se intuía de mi éxito con el sexo femenino.

Poco costó conocer a otra chica que pusiese una sonrisa en mi rostro. Realmente fue un reencuentro de algo que no sucedió diez años atrás, cuando debía haber sucedido. Pero no funcionó. Perdido en mis propias emociones tras ese nuevo fracaso, decidí dar un nuevo rumbo en mi vida. ¿Por qué estar con una sola mujer pudiendo estar con varias?

Así, cada viernes y sábado por la noche se convertían en festivales de alcohol, drogas y, en ocasiones, sexo. Era feliz en aquella burbuja, que explotaba cuando el lunes volvía a la realidad. A la puta realidad. Las mujeres que compartían mi cama el fin de semana desaparecían cuando llegaba la hora de volver a la rutina, y a su vez, la soledad reaparecía.

relato

Pero cada polvo era una victoria. En locales llenos de cazadores, cada ligue te hacía sentir como que habías conseguido la mejor pieza. Te sentías el rey entre tanto pringado desesperado.

Pero, ¿era aquello suficiente? Seguramente no. La necesidad de recibir cariño más allá de la noche del domingo se apoderaba cada vez más de mi. Tristemente, el amor que se recibía era artificial. Nadie quería compartir, solo necesitaban exigir. Exigían cambiar tu ser, tu personalidad, tu esencia. Y nunca era suficiente. Aquello siempre desembocaba en la búsqueda desesperada del amor. Daba igual el modo o el lugar, lo único que importaba era cumplir con el objetivo de encontrar a esa persona especial.

Harto de aquella situación que tanto me frustraba, decidí poner fin a la búsqueda de algo que quizá jamás volvería. Todos esos fracasos me convirtieron en un ser frío, calculador, superficial. Nunca más pensaría en nadie, desde ese momento me centraría exclusivamente en mis necesidades. Total, viendo como es la sociedad de hoy en día, el daño que podría producir sería efímero, y jamás sería tan grande como el que había experimentado en mi propio cuerpo. Y si duraba más, no era mi problema.

Las juergas nocturnas se hicieron más habituales. ¿Por qué salir solo fin de semana cuando podía hacerlo a diario? Además, era un tipo cada vez más atractivo. Ellas acababan haciendo lo que yo quería. Me sentía invencible. Era el puto amo.

Llegué a disfrutar de situaciones jamás pensadas. Tríos, orgías, sexo en grupo… todo regado con una buena dosis de alcohol. ¿Qué más quería? Había estado en una cama con tres mujeres, había visitado locales que jamás pensé que pisaría y había conocido a personas que hablaban el lenguaje de la lujuria y el desenfreno. Llegaba a un local liberal y se me rifaban, era el deseo de la mayoría de aquellas mujeres que hacían todo lo que yo quería, cuando yo quería. Incluso me convertí en amante de muchas de ellas. Yo me acostaba con las mujeres de tipos ricos que creían que sus mujeres eran sus objetos más preciados.

Vivía el sueño de todo hombre y no lo iba a cambiar por nada del mundo. ¿Podría tener sus consecuencias? Me daba igual, me sentía por encima del bien y del mal.

De repente, aparece alguien que quizá cambiaría todo para siempre. Desde aquella noche del 2012 no volvía a oír aquellas palabras. “Te quiero”. Sonaba extraño, pero sonaba bien. Quizá aquello cortaba mis planes, pero era feliz. Volvía a sentir esa ilusión por despertar junto a alguien. Los excesos del pasado fueron cambiados por una vida familiar, la que siempre había deseado. Las noches de alcohol y sexo desenfrenado fueron cambiadas por cenas románticas a la luz de las velas. La transitada barra del bar cambió por la calurosa comodidad del sofá. El amor que comenzaba el viernes no volvió a terminar el domingo. Por fin recordaba quién era yo y qué quería en mi vida.

Hoy ha cambiado todo. Lo que parecía un simple resfriado ha estado dándome auténticos quebraderos de cabeza desde hace quince días. El médico me obligó a hacerme unos análisis rutinarios para ver si había algo más, ya que un resfriado no podía durar tanto, siendo acompañado de una alarmante pérdida de peso. Ya llevaba tiempo avisándome de los peligros de aquel estilo de vida que me había hecho vivir en una burbuja, pero ¿quién era él para decirme lo que tenía que hacer y cómo tenía que vivir? Además, aquello ya era cosa del pasado, no tenía sentido preocuparse por eso ahora. Menudo imbécil…

Hace apenas unos minutos me han dado los resultados del análisis. Tengo sida. Mi relato de terror acaba de comenzar.

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