Relato de terror: luces en la oscuridad

-Esto es un chollo. Cada vez que inauguran un restaurante, hay una obra de teatro o cualquier evento relevante, nos invitan. No ganaremos dinero con esta web, pero vivimos unas experiencias que de otro modo no viviríamos.
-Ya, pero de algo hay que comer.
-Pues eso. ¿Qué hacemos aquí? Comer, y bien a gusto, ¿o no?

Y es que no le faltaba razón. En esta ocasión le habían invitado a un restaurante en el interior de la provincia de Valencia. No había mucha comida, nos comentaron que se la habían comido los que habían estado en la primera parte de la inauguración, que había sido aquel mediodía. Realmente era cuando íbamos a ir nosotros, pero el sábado es normal liarse, y como yo tampoco me encontraba muy bien, lo habíamos dejado para la noche. Y creo que había sido un acierto.

Evidentemente, nunca había estado en aquel pueblo. La verdad es que tuve mucha suerte conociendo a este chico. Desde mi llegada a Valencia había conocido a poca gente, y mis compañeras de piso no es que sean precisamente simpáticas. Los meses que llevaba por aquí se habían hecho muy largos. Pero de repente le conozco a él y todo cambia. Es un poco capullete, pero es buen chico, me gusta. Y encima me está sacando mucho, estoy viendo lugares que de otro modo no habría conocido. Como este pueblo, por ejemplo.

La verdad es que en una cena en la que no habíamos conocido a nadie, nos lo acabamos pasando genial. La gente del pueblo era muy acogedora y nos habían hecho sentir como en casa. De hecho, una pareja, viendo que teníamos que volver a Valencia y que conducir en torno a 100 kilómetros en plena noche, nos llegó a ofrecer su casa. Nos dijeron que nos quedásemos, que aquella carretera es peligrosa por la noche, pero como él no había bebido, decidió conducir. Además, en modo broma (supongo), me comentó que había algo más ahí, algún interés especial en que nos quedásemos. Según sus palabras “lo que quieren es que hagamos algún intercambio de parejas, seguro que le has gustado a ella”. Está muy tonto este chico, pero me río mucho con él.

Luego entramos en terrenos más oscuros. Todo vino por la duda que tenían nuestros compañeros de mesa. No entendían como podía ser que estuviésemos allí siendo de Valencia, no tenía mucho sentido.

-Somos de prensa, tengo una página web y hemos venido a cubrir el evento.
-Vaya, ¿qué temas tratáis?
-Hablamos de ocio, cultura y tiempo libre en Valencia. Bueno, también tenemos nuestras frikadas. Hablamos también de temas de misterio, sucesos paranormales y crímenes extraños en Valencia. Por eso estamos aquí, no se lo contéis a nadie.
-Ah, ¿habéis venido por La Cornudilla?
-No, realmente estaba de cachondeo. Sí que tocamos esos temas, que me encantan, pero hemos venido porque nos han invitado a esta inauguración. El caso es que me suena lo de La Cornudilla. ¿Está por aquí cerca?
-Sí, si queréis os llevo.
-Calla, calla. Solo me faltaba eso, después de haber salido por patas de aquella casa de Segovia en la que nos iban a hacer un ritual satánico.

La verdad es que no pude evitar reírme. Éste es muy tonto, y la que me lió en Segovia es para matarlo. Bueno, yo también pasé miedo. También pensé en irme, pero a aquellas horas lo mejor era dormir. Lo recordamos como una anécdota y se lo contaremos a nuestros hijos. “¿Vais a Segovia? Preguntadle a vuestro padre por la que lió allí”.

Y con aquello surgió la conversación sobre La Cornudilla. Yo, que soy miedosa, me metí en otra conversación paralela, aunque con el morbo que daba aquello, no fui capaz de despegar la oreja de lo que estaban hablando ellos. Más o menos me enteré que aquello era una pedanía, que había una casa encantada y que se escuchaban ruidos por la noche. Incluso comentaron que Iker Jiménez había acudido allí para hacer programas. Por lo visto había psicofonías grabadas. Incluso hay quien dice que en ocasiones se ven luces en el cielo en aquella zona. La verdad es que todo aquello ya me cuesta más de creer. Bueno, me costaba, porque mis pensamientos cambiaron aquella noche.

La Cornudilla – sobreleyendas.com

En torno a las 00:30 me dijo de irnos. El poco alcohol que había bebido ya había dejado de hacerle efecto y se encontraba en plenas condiciones para conducir. Sí que es cierto que el camino de vuelta daba algo de respeto. Poca iluminación, muchas curvas y algo de cansancio hacían que tuviese que estar alerta por si tenía que ayudarle. Al menos me quedaría despierta para darle conversación. De nuevo nos propusieron quedarnos allí a dormir, con una cierta insistencia. Él se reía, y me dijo al oído que lo que querían era pasar una noche loca con nosotros. Es tan tonto…

Y salimos del restaurante. Hacía bastante frío, se notaba el cambio de temperatura con respecto a Valencia. Y yo con bronquitis, era una situación ideal. Fuimos corriendo hacia el coche, lo encendimos y rápidamente puso la calefacción. Aquello estaba totalmente oscuro, no había luz hasta llegar al pueblo, del que nos separaba cerca de medio kilómetro. Como el GPS de su móvil había dejado de funcionar (no encontraba el satélite) y el mío se había quedado sin batería, tenía que echar de memoria para llegar a la salida que nos dirigiría hacia Valencia. Era curioso, porque el GPS de su teléfono no había fallado hasta ahora. Aunque bueno, ya se sabe que estas cosas fallan cuando más se necesita.

En el pueblo no había un alma. Solo se veía la luz de las farolas, y un gato blanco y negro que se cruzó por nuestro camino y al que casi atropella, aunque pudo frenar a tiempo. No tardó más de tres minutos en encontrar la salida de Valencia. Una salida en la que las luces se acabaron, dando lugar a la más absoluta oscuridad.

-Peque, esto es genial para mi próximo relato de terror.
-Siempre estás con lo mismo. Anda, concéntrate en la carretera que aún nos la pegamos.

Las carreteras oscuras siempre me han dado cierto mal rollo, especialmente las que eran como aquellas, que entre un núcleo de población y otro podría haber cosa de 15 o 20 kilómetros. Y es que el cine ha hecho mucho daño, consigue sugestionarnos a más no poder. Asesinos en serie, animales raros, extraterrestres… Al final siempre nos domina la mente, y nos lleva por caminos que tienen su morbo, pero que lejos estarían mejor.

Sí, todos hemos temido alguna vez que se aparezca un asesino en serie en mitad de la carretera.

El CD volvió a rayarse. Estábamos escuchando música remember, que es la que más le gusta escuchar mientras conduce. Concretamente era un disco de una antigua discoteca de Valencia. La música se escuchaba a trompicones, cada tres o cuatro segundos saltaba, no había forma de poder escuchar aquello.

-Ya está la radio cargándose otro CD. Y estos ya son imposibles de encontrar.

Intentó expulsar el CD, pero no había forma. Empezó a hacer algo raro, y es que iba saltando de pistas sin ningún tipo de sentido. De la 8 pasó a la 17, de ahí a la 3, a la 21, a la 20, a la 4… Sí que se había vuelto loca la radio. Entonces el disco se expulsó automáticamente, se empezó a escuchar la radio que se fue deteniendo poco a poco. Al mismo tiempo, el motor empezó a perder fuerza, daba la sensación de que el coche se apagaba lentamente. No solo era el motor, sino que las luces empezaron a perder potencia. Parecía como si el coche muriese como un enfermo en la cama de su habitación.

-No me jodas que es la batería.
-Cariño, no te preocupes. Llamamos a la grúa, viene a por nosotros y nos deja en casa.
-¿Cómo no quieres que me preocupe? Cambié la batería hace tres meses, ya me dejó tirado hace relativamente poco, y justo ahora que estamos aquí, en medio de una carretera por la que no pasa nadie, totalmente oscura y sin ningún tipo de luz. Encima tú estás con bronquitis, hace un frío de la hostia, y te vas a poner aún peor.

Más que preocupado, estaba enfadado. De hecho, estaba muy enfadado. Y es normal, se había gastado 100 euros cambiando la batería hace relativamente poco. Era para estarlo.

Si algo bueno tenía aquello es que podíamos disfrutar de un cielo espectacular. Hacía mucho tiempo que no había visto un cielo así. La contaminación lumínica de Valencia impide disfrutar de esta maravilla de la naturaleza, y es una pena. Incluso pude ver una estrella fugaz, quizá la más grande que había visto jamás. Ya no era sólo el tamaño, sino que era especialmente luminosa. Como si fuese a caer a escasos kilómetros de nosotros. Posiblemente había sido una de las cosas más bonitas que había visto en mi vida.

De repente, por sorpresa, se encendieron las luces. Solas, nadie había tocado nada. De hecho, él no tenía conocimientos de mecánica. Consiguió arrancar el coche, pero a los pocos segundos volvió a apagarse de la misma manera que lo había hecho antes, lentamente, como si muriese. El mal genio volvió a apoderarse de él. Además, se le veía especialmente preocupado por mi, por mi constipado. Siguió intentando arrancar el coche hasta que lo consiguió. Y en aquella ocasión, no se apagó.

Encendió la radio, pero sólo se escuchaban interferencias. No se conseguía sintonizar ninguna emisora, y el CD no funcionaba. Me pidió que buscase algo, y que cuando lo encontrase podría echarme a dormir. Estuvo circulando en torno a 500 metros cuando el coche volvió a detenerse. En aquella ocasión, las luces no se apagaron, solo el motor y la radio.

-¡Me cago en su padre! Ya está bien, voy a poner los triángulos de emergencia y si al móvil le da por funcionar, llamamos a la grúa y que venga a sacarnos de aquí.

Fue en el momento en que salió a poner los triángulos cuando vi un destello delante mío. Todavía no soy capaz de definir qué era aquello, si un flash, un parpadeo o una ilusión óptica, pero sí que sé lo que pasó a continuación.

Lo que había sido un parpadeo puntual, treinta segundos después se convirtió en un parpadeo continuado. Cada vez era más frecuente, y parecía cada vez más cercano.

-Cariño, ¿estás viendo eso? – le pregunté.
-¿Que si lo estoy viendo? ¡Claro que lo estoy viendo! ¿Qué cojones es eso?

No era capaz de articular palabra. No sé si sentía miedo o tranquilidad, pero desde luego era algo que no lograba entender. De hecho, sigo sin saber si quería continuar allí o si quería salir corriendo.

-Vamos a meternos en el coche y vamos a intentar arrancarlo. Sea lo que sea, no vamos a quedarnos aquí para averiguarlo.

En ese momento, la luz desapareció. Aquello no tenía ningún tipo de sentido. Y tuvo menos sentido cuando, apenas cinco segundos después, la luz apareció detrás nuestro. Era imposible. ¿Cómo podía haber recorrido tanta distancia en tan poco tiempo?

Lentamente, la luz se fue acercando. Daba la sensación como si aquello fuese a aterrizar a nuestro lado.

-¡Vámonos de aquí!

Nos metimos corriendo en el coche y consiguió arrancarlo. Sí, consiguió arrancarlo, pero no fue capaz de circular. Pisó el embrague, metió la marcha, pisó el acelerador y… nada. No hubo forma de que el coche se moviese. Por más que pisase, no había manera. Las ruedas chirriaban, empezábamos a notar el olor a rueda quemada, pero el coche no podía avanzar. Y no, no era el freno de mano, no estaba puesto. A su vez, la luz cada vez estaba más cerca. De unos cien metros hasta los cuarenta o cincuenta. Y, de repente, desapareció.

-Cariño, ¿qué está pasando?
-No lo sé, pero me da la sensación de que aquello está controlando lo que le pasa al coche.

Apenas había acabado la frase cuando la luz se posó delante nuestro. Estaba más cerca que nunca, a unos cinco o diez metros. Aquello era fascinante. Era una esfera de unos veinte metros de diámetro. Era enorme. Como si fuese una pequeña estrella, pero la más grande que habíamos visto nunca. Se quedó quieta, en suspensión, durante unos treinta segundos que parecieron dos horas. ¿Qué era aquello? ¿Qué quería? ¿Por qué nosotros?

Otra vez volvió a desaparecer. Nada de aquello tenía sentido, no nos lo podíamos explicar. En ese momento notamos un intenso calor, como si el coche se hubiese convertido en un horno. Y nosotros estábamos dentro. Todo a nuestro alrededor estaba iluminado, era una luz intensa, similar a la de aquella esfera. Me asomé por el cristal delantero y algo me cegó. Debía ser la esfera, que estaba encima nuestro.

De repente, el coche empezó a levitar, cada vez más alto. Estaba aterrorizada. Él no podía reaccionar. Algo debía pasarle, sus ojos estaban fijos en el volante y no podía moverse.

-¡Alex, Alex! ¡Joder, Alex, reacciona!

No había forma, estaba en una especie de trance. Fue en ese momento cuando el coche comenzó a descender lentamente, hasta que por fin tocó tierra y se puso en marcha.

-Alex, vámonos, por favor.

La luz se apagó. Él no articulaba palabra, estaba callado. No sé si fue su asombro o su terror, pero no era él mismo. Tenía la mirada fija en la carretera, y en ese estado arrancó.

Todo estaba oscuro, empezó a circular con las luces apagadas. Iba a alta velocidad, no me miraba, no me hablaba, no me tocaba. Aquella era una carretera serpenteante, llena de curvas cerradas, y era capaz de conducir a una velocidad brutal. Nada de aquello tenía sentido. Le tocaba el brazo, le pegaba, lloraba porque estaba invadida por el terror, pero no había ningún tipo de reacción. De hecho, en vez de volver en sí, cada vez parecía más en trance, y conducía más y más rápido. Yo no paraba de gritar. En ese momento miré de reojo la pantalla del coche. Había una serie de símbolos extraños, unas imágenes que no había visto jamás.

Fue entonces cuando la luz volvió a encenderse, volvía a estar encima nuestro. Alex empezó a temblar, soltó el volante y los ojos se le pusieron más rojos de lo que jamás había visto. Los temblores se convirtieron en espasmos, unos espasmos brutales, inhumanos, unos espasmos que ningún cuerpo resistiría. No podía dejar de gritarle, no podía parar de llorar.

En ese momento la luz volvió a desaparecer. Todo volvió a quedarse en silencio. La pantalla del coche volvió a su estado normal y se encendió la luz interior. Alex giró la cabeza y me miró a los ojos.

-Adiós, Gema.

Arrancó el coche, alcanzó una alta velocidad y lo estampó contra un árbol.

Cuando desperté, no había ni rastro de él. De hecho, yo era quien estaba sentada en el asiento del conductor. Habían saltado tanto el airbag del piloto como del pasajero, pero allí no había rastros de sangre, ni de ropa, nada. No era posible, hacía tres años que no conducía. ¿Cómo podía ser yo la conductora, si estaba en el mismo punto que le había visto a él por última vez y yo no había estado allí jamás? Y, lo más extraño, ¿cómo era posible que fuese la mañana del día anterior?

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