Relato de terror: “no deberíais haber venido”

-“Después de estas dos sesiones de fotos que llevamos, necesito más. Me siento inspirada.”

-“Yo no tengo nada que hacer, si te apetece podemos ir a otro sitio y haces más.”

-“Me encantaría, pero ¿dónde podemos ir?”

-“Vamos al centro. O mejor, vamos al antiguo psiquiátrico infantil.”

-“¿Estás de coña, no? ¡Me encanta la idea!”

-“Pues hale, pillamos unos bocadillos y vamos para allá. Ojo, aquello acojona.”

Supongo que fue el punto de locura de todo fotógrafo el que le animó a ir al psiquiátrico de Cheste. A él le daba lo mismo ir al centro de Valencia que a cualquier otro lugar, simplemente quería evitar ir a casa. Aquello le atormentaba. Seguramente fue aquello lo que le animó a satisfacer esa necesidad de su amiga, que estaba muy animada después de haber tenido su primera sesión de fotografía periodística. No era su especialidad, el suyo es más bien el rollo urbano, pero había sido algo diferente, y además retratando a dos personajes famosos. ¿Y si aquella oportunidad le abría nuevas puertas?

Cogieron el coche y fueron en busca de un lugar para cenar. Era viernes por la noche y no había ninguna prisa. Igual daba un sitio que otro, total, era comprar unos bocadillos e ir a hacer el idiota al psiquiátrico. Él estaba convencido de que ella no tendría cojones para entrar, así que más bien sería ir a hacer la gracia. Primera parada, el bar de toda la vida. Cerrado.

-“Yo flipo con esta gente, siempre quejándose de que no ganan dinero y un viernes por la noche está cerrado.”

-“¿Qué hacemos ahora?”

-“Ya se me ocurrirá algo.”

Adentrándose en el barrio donde él había crecido, suena el teléfono. Otra vez. Toda la tarde sonando. La organización de eventos supone eso, tener el teléfono echando humo a todas horas. Vaya, era el antiguo fotógrafo. Un tío que les había dejado tirados varias veces y que ahora iba dando lecciones de moralidad. Ya solo faltaba eso aquella tarde, después de que su última chica le hubiese tocado las narices con un mensaje absurdo.

-“Alex, pasa del teléfono.”

-“Sí, mejor. Paso de contestar.”

Finalmente acabaron cenando en el bar donde, en su día, se fraguó su primera visita al psiquiátrico de Cheste. Lo de aquella vez fue un tanto absurdo. Había quedado a cenar con un grupo con el que fue de visita a un pueblo abandonado que forma parte de la leyenda negra de España. Él sentía que sobraba, dos parejas, otros que no lo eran pero que podrían acabar siéndolo, y él. Y entre chupito y chupito, una frase: “no hay huevos a ir al psiquiátrico de Cheste.” Aquello desencadenó en todo lo demás, aunque una vez llegaron allí. él se acojonó y pasó de entrar.

Esta vez era distinto. Iba con ella y sabían a lo que iban. Era pura fotografía, nada de aplicaciones de mierda del Iphone que te ponían en contacto con los fantasmas. Pero él empezó a tener dudas. Ella estaba guapa aquella noche. ¿O era el buen rollo que transmitía? El caso es que él empezó a pensar diferente. Podrían dejar el psiquiátrico para otro día, ir a casa de ella y echar un polvo. Él madrugaba al día siguiente y no iba a pasar la noche fuera. Pero no, aquello no iba a ser buena idea. Podrían perder una bonita amistad. Así que, acabaron de cenar y se marcharon en busca de la foto perfecta.

Camino de Cheste, él saca la máscara que compró en Halloween para hacer la gracia. Era jodidamente fea, una especie de calavera de la que salía una cara de zombie. Ideal para acojonar a cualquiera. Ella se apasionó con aquello, y decidió que formaría parte de la sesión. De hecho le hace unas primeras fotos en el coche. La verdad es que Bea tenía arte para la fotografía, una pasión que heredó de su padre.

Llegaron a Cheste. El psiquiátrico, abandonado desde hacía años, evidentemente no estaba señalizado. Tenía que intentar recordar como llegar. ¿Era la primera a la derecha justo después de la rotonda de los circuitos? Tocaba probar. Aquel camino no le sonaba, aunque también era cierto que la otra vez había ido en el asiento de atrás y no se había fijado en el trayecto. Además, todo estaba oscuro. Si circulaban correctamente, el psiquiátrico quedaría a mano derecha. Y sí, allí estaba. Estaban a escasos 30 segundos de llegar a su destino.

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De repente, él ve por el retrovisor de su coche las luces de otro vehículo. ¿Quién cojones podía ir a aquel lugar un viernes por la noche? Si allí lo más normal es hacerte un esguince de tobillo por lo mal que está todo. Pero lo tenía claro, no se iba a quedar a comprobarlo. Atento al retrovisor, se dio cuenta de que no era uno, sino dos coches los que le perseguían.

-“¿Sabes qué te digo? Voy a acelerar.”

Conforme acabó el tramo no asfaltado, se dio cuenta de que aquellas luces ya no estaban. Igual habían ido a algún chalet de aquella zona, aunque él no recordaba haber visto ninguno. Así decidió dar la vuelta y volver al psiquiátrico. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que no había nadie, aunque decidió avanzar unos metros para asegurarse. Y fue buena idea, porque vio un grupo de cuatro chavales de menos de 20 años y que no supondrían ningún peligro. Se relajó. Dio marcha atrás y aparcó.

-“Ya estamos, coge tus cosas y a fotografiar.”

Se acercó a los chavales y se dio cuenta de que ellos estaban más asustados de lo que él había llegado a estar. Les saludó cordialmente, preguntó qué hacían allí y echaron unas risas. Iban a ver aquello y fumarse unos porros. Con suerte le darían alguna caladita.

-“No deberíais haber venido. Pero lo pasaremos bien. Nos vemos dentro”, les avisó. En ese momento vio que aparecía Bea por detrás y le tranquilizó. No había nada que temer.

-“Bueno, ¿entramos?”. Y para allá que fueron.

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Aquello daba miedo. Si cuando él había estado en septiembre buscó cualquier excusa para evitar entrar, en aquella ocasión no tenía excusa. Habían ido por un tema profesional y tocaba cumplir. Además, ella se sentía genial. Desde el primer momento había conseguido abstraerse de todo lo que le rodeaba. Lo estaba disfrutando. Foto aquí, foto allá. Daba igual cualquier leyenda, cualquier rito satánico que podía haber tenido lugar allí o cualquier entidad que poblase en aquellas habitaciones abandonadas. Eran dos, la cámara y ella. No había nada más.

Y mientras, él se dedicó a pasear por allí, a sacar algunas fotos con el móvil y a darse cuenta de que se sentía más cómodo que asustado. El entorno era terrorífico, el psiquiátrico estaba lleno de pintadas y mensajes. Uno le impactó especialmente: “GO AWAY”. Iros. Pero no, él no quería irse. Estaba alucinando con todo lo que le rodeaba, y se dio cuenta de que no quedaba nada de aquella persona acojonada que había sido en su día. De repente escuchó unos pasos. Se acercaban hacia él. No podía ser Bea, y si fuesen los chavales, al menos les oiría hablar. Pero aquello era puro silencio. Solo pasos. Y cada vez quedaba menos para que le alcanzasen. Pero no había miedo.

-“Eh, ¿dónde vais?”

-“Nada tío, que mi chica tiene miedo y nos vamos.”

-“Será lo mejor. Tened cuidado al salir.”

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Y se fueron. Era una de las dos parejitas que habían entrado. ¿Realmente ella tenía miedo o se iban a otra parte a aprovechar el viernes por la noche? Qué cabrones, mientras él estaba allí perdiendo el tiempo por unas fotos, otros se iban a ir a follar. Una rabia inmensa invadió su mente. Empezaba a ponerse de mala hostia. Empezaba a sentir que sobraba, pero tampoco podía dejar allí a su amiga. O sí, que se joda. Pero no iba a hacerle eso, aunque cada vez sentía más ganas. Y más rabia. Sentía que todo el mundo se aprovechaba de él, y que ya iba siendo momento de hacer algo al respecto. Podría darle un susto, por qué no. Seguro que así se iban ya y se acababa aquella tontería. Y el susto podía ser muy real, él llevaba el trípode, y un susto en forma de golpe en la cabeza y dejarle allí tirada toda la noche hasta que alguien le encontrase sería genial.

¿Pero qué animaladas estás pensando, tío? Esa pregunta le vino repentinamente a la cabeza. ¿Sería el entorno? ¿Serían los dibujos? ¿Realmente había algo más allí? Salió corriendo del psiquiátrico, necesitaba aire. No se había cruzado con nadie en su camino y quizá fue lo mejor.

De noche, el exterior del psiquiátrico de Cheste es un lugar ideal para rodar una película de terror. Un edificio en ruinas; escombros, muebles viejos y basura por todas partes; el sonido de las vacas de una granja cercana; un edificio a medio construir justo enfrente. No hay mejor entorno que aquel. Decidió dar una vuelta bordeando el edificio. Aquello daba auténtico pánico, especialmente en la parte trasera. Lleno de maleza, te encuentras con un patio interior en el que te sientes observado. Todas las ventanas dan a parar a donde te encuentras tú. Solo, en el centro. Objeto de todas las miradas. Pero allí no hay nadie. Solo estás tú.

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Decidió volver al psiquiátrico. No se sentía a gusto y quería irse a casa. Y la mejor manera era sacar a Bea de una vez de allí. Pero no había forma de encontrarla. Por más que buscase, no estaba en ninguna habitación. Empezaba a ponerse nervioso, y seguramente, aquello no era una buena señal. No solo por no encontrarle a ella, sino porque aquellos nervios empezaban a mutar en enfado, y si había un lugar en el mundo en el que no quería enfadarse, era aquel.

Los pasillos eran oscuros; los escombros, las pintadas y la soledad poblaban las habitaciones. Tenía claro que en ese estado, cuando encontrase a su compañera, la bronca iba a ser descomunal. De pronto, comenzó a escuchar el sonido de la cámara. Ya estaba cerca de su amiga. Seguramente era cuestión de entrar en el siguiente cuarto a la izquierda y sí, allí se encontraba.

-“¿Qué, estás bien aquí?”

-“Sí tío, esto es una pasada, gracias por traerme, es un lugar genial.”

-“No te preocupes, porque no vas a salir de aquí.”

Ella no tuvo tiempo ni de poner cara de sorpresa. Él cogió el trípode y empezó a golpear la cabeza de su compañera. La violencia fue tal, que del primer golpe ella cayó al suelo y empezó a brotar la sangre. Él se sentía muy cómodo en aquella situación. Era una especie de liberación a todas las frustraciones de los años anteriores, a tantas faltas de respeto que sentía haber recibido, a tantos momentos de soledad, de lágrimas. Habían sido muchas penas y pocas alegrías. Aquello era fruto de todas las vivencias que había experimentado en los últimos tiempos.

No podía dejar de golpearle. En ese momento era libre. Ella también lo era, para siempre. Su cuerpo yacía sin vida en el suelo. Él se detuvo, se secó el sudor de su frente y sonrió. Estaba jodidamente feliz. Y cuando recordó que todavía había dos personas más en aquel lugar, llegó al éxtasis. Se iba a poner las botas.

Trípode en mano, se fue en busca de sus presas. Y sabía cómo quería encontrarles. Quería mirarles a los ojos, no quería sentir su miedo, sino su respeto. El que tanta gente le había faltado, el que merecía. Realmente quedaba poco psiquiátrico, un pasillo largo y estrecho, oscuro. Una especie de purgatorio. Además había algo que le ponía todavía más: se sentía observado. Observado y jaleado, como si a través de las ventanas, un grupo de internos que no existían le animasen a hacer aquello. Estaba en éxtasis. Ahora sabía lo que era sentirse admirado. Todo a su alrededor era un camino de gloria. Quedaba menos. Ya les oía. No sabían lo que le esperaba.

Entró en la habitación y encontró lo que quería encontrar. Los dos jóvenes estaban haciendo el amor en aquella habitación. Era la escena perfecta.

-“Podéis seguir, no os cortéis.”

-“No, pero”, dijo la joven.

-“¿Acaso te he preguntado? Cállate la puta boca y sigue follando con tu novio.”

La frialdad con la que dijo aquello era sorprendente. La escena le ponía mucho, pero no el ver una escena de sexo explícito en directo, sino imaginar como en menos de un minuto se iba a quitar el cinturón e iba a ahogar al chaval. Y eso es lo que hizo. Mientras el chico penetraba tímidamente a la joven, presa del pánico, él se quitó el cinturón poco a poco, se acercó al chaval, le cogió del pelo, rodeó su cuello con violencia y estiró. Su placer era tal que no era capaz de oir los gritos de la chica. Y no le importaba. Cuarenta y cinco segundos de orgasmo cerebral, el tiempo que tardó el joven en dejar de respirar.

De repente volvió en si. Pero no volvió en si en modo “hostia, ¿qué he hecho?”, sino pensando en que quedaba una víctima más. Y quizá fue el único momento de toda la noche en que sintió lástima. Aunque era lástima placentera, porque el mayor dolor que podría sentir esa chica iba a ser recordar lo vivido aquella fría noche de enero, en aquel lugar al que nunca debían haber ido. Sí, podría matarla, podría disfrutar con ello, pero su mayor gozo iba a ser saber que todas y cada una de las noches del resto de su vida, ella iba a revivir esa escena.

-“Puedes irte.”

Ella no lo dudó un solo segundo y, desnuda, salió corriendo por aquel pasillo, chillando y llorando como él jamás había oído a nadie. Aquello era miel para sus labios. Incluso, con un poco de suerte, cuando decidiese salir de la habitación se la encontraría tirada en el suelo después de que se hubiese tropezado con algún escombro. Y no le ayudaría, le dejaría sufrir, tal y como había sufrido él tanto tiempo.

Pero no, no pudo disfrutar de aquella escena. De camino a la salida no encontró más que sonrisas de entes inexistentes a través de las ventanas que daban al pasillo. Sí, era el puto amo. No había nadie más poderoso que él en el mundo. En aquel momento era capaz de hacer cualquier cosa, nadie se lo iba a impedir.

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Cuando llegó al exterior, vio que el coche continuaba en su sitio. A su alrededor, ni un alma. Ni siquiera alguna de aquellas que le vitoreaban en el pasillo. Soledad. Victoria. Orgullo.

Subió al coche, encendió el contacto y puso su emisora favorita. Encendió los faros. Vio el exterior del que iba a ser su lugar fetiche a partir de entonces. Sintió paz y tranquilidad. Se sentía en casa. Se sentía feliz.

De repente, se abrió la puerta.

-“Bufff, no sabía que estabas aquí. Yo ya he acabado con las fotos, ¿nos vamos?”

-“Claro que si, Bea. Va, sube que nos vamos”.

Nada de aquello había sucedido. Nunca lo hizo. Nunca lo hubiese hecho. Pero lo pensó.

Fotografía por Bea Arnao, a quien pido disculpas por asesinar en la ficción.

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