El juego en Valencia a través de la historia

Por si no os habéis fijado, apostar está de moda. Desde hace unos años los locales de apuestas deportivas se han multiplicado de una manera inesperada, instalándose prácticamente en todos los barrios de Valencia, sustituyendo a antiguos salones de juegos o recreativos como el mítico Sega Park de Joaquín Costa.

Y es que a los valencianos nos gusta jugar. Somos la tercera provincia en lotería vendida por año por detrás de Madrid y Barcelona y, quién más y quién menos alguna vez nos hemos visto en el follón de tener que vender lotería para recaudar fondos. ¿Has pensado alguna vez en las colas que se forman en la Administración de Santa Catalina? ¿O en la de la Plaza del Ayuntamiento?

Una de las imágenes más típicas de la infancia de los valencianos es la de ver a sus abuelas comprando semanalmente el numerito de la lotería (o el de los “iguales”) al repartidor del barrio o del pueblo (la de los festeros, la de la falla…), así que estamos hablando de una costumbre (la de los juegos de azar) fuertemente arraigada en las tradiciones de nuestro pueblo… ¿o no?

Recordemos que durante más de medio siglo los juegos de azar fueron ilegales en España: la prohibición la inició Primo de Rivera en 1923 y las cosas no cambiaron con Franco. ¿Significa eso que no se jugara? Lo cierto es que no, se jugaba y Valencia no fue una excepción.

Durante los años en los que no se pudo jugar ni apostar con libertad, se jugó y se apostó en la clandestinidad. Nada detiene a una costumbre que lleva con el ser el humano casi desde su aparición y que engancha por la emoción de dejar su suerte al azar del destino (o de unos dados).

Repasemos las distintas variedades de juegos en las que participaban los valencianos antes de la Constitución:

En la sección de apuestas deportivas, la pelota era la reina indiscutible: el trinquet de Pelayo, por citar a la catedral de la escala i corda, lleva entre nosotros desde 1868. Se apostaba allí y en la calle. La variedad de llargues para la calle, la escala i corda para el trinquet y la galotxa en cualquiera de los dos; movían cantidades importantes de dinero de las cuales tanto el local como el marxador obtenían un beneficio.

El tiro y arrastre es otra tradición fuertemente arraigada que ha conseguido mover dinero durante décadas en multitud de municipios de la provincia (Puzol, Burjassot, Meliana…). Al principio fueron los animales de labranza los utilizados para disputar desafíos y claro, apostar. Poco a poco se fue extendiendo su práctica y se llegaron a invertir cantidades generosas en ejemplares traídos de muy lejos sólo para intentar ser los mejores..

Juegos más sencillos y dejados completamente en manos del azar también florecían por todo el territorio valenciano…

El canut, en el que un trozo de caña sostenía unas monedas dentro de un círculo pintado en el suelo era uno de ellos. Desde una distancia delimitada los jugadores trataba de tumbar el canut o caña lanzándole una moneda. Si conseguían sacarlo del círculo, todas las monedas iban para el lanzador. Si sólo lo tumbaba, podía quedarse las que hubiese fuera del círculo. Era tan típico como ilegal jugar por dinero, pero estaba muy extendido.

Y si los casinos de juego, como los de Las Vegas y Montecarlo, permanecían vetados; a cambio teníamos los casinos culturales (edificios emblemáticos repartidos casi por cada pueblo de la comunidad donde se realizaba gran parte de la actividad social y cultural de los municipios). El Ateneo o el Casino de la agricultura quizá albergaron alguna timba de cartas por dinero de otros tiempos: truc, póquer, xamelo…

Así pues, tras una época pues en la que el juego fue tan tabú como común y corriente, en pleno 1977 los legisladores se vieron obligados a redactar un Real Decreto que fuera más acorde con la realidad de un país en el que se levantaban muchas voces a favor de su legalización. Como el sentido común había demostrado que prohibirlo de manera absoluta no implicaba su desaparición y pensando en los ingresos que podrían ir a parar a las arcas públicas, se regularizó y empezó la época dorada del juego en España.

Los ochenta fueron pues los años de florecimiento de bingos y casinos en todas las ciudades de cierto tamaño y vivieron años de glamour y éxito al estilo de lo que se hacía en otros países que no habían experimentado la prohibición.

De aquella época nos quedan aún joyas en activo como el Bingo Park, una de las salas de bingo que todavía operan en Valencia, ubicada estratégicamente junto a unos grandes almacenes y una de las multisalas de cine con más solera. Se trata de un espacio que forma parte del paisaje de la transitada calle Roger de Llòria en el que, quién más y quién menos, todos hemos probado la triquiñuela de jugar un cartón para conseguir un tiempo de parking gratuito. Además se podía cenar a un precio más que asequible lo que provocaba que muchos lo escogieran para empezar las noches del fin de semana.

Y si queremos hablar del esplendor del juego en Valencia, no nos queda otra que hablar del casino Monte Picayo. Esta instalación con su insólita ubicación en medio de la sierra de Puzol, ha sido nuestro Bellagio durante tres décadas, viviendo momentos de esplendor que incluyeron una bendición papal y visitas por parte de artistas de renombre (y beautiful people local). Además integró actividad cien por cien valenciana en sus instalaciones siendo escenario de multitud de bodas, bautizos y comuniones y, por supuesto, presentaciones falleras.

Pero todo cambia, y hoy las casas de juego de antaño se enfrentan a las nuevas tecnologías con distinta suerte. Monte Picayo trasladó su actividad al moderno Casino Cirsa (mucho más cercano a la ciudad de Valencia). Allí el juego convive con las celebraciones, conciertos, monólogos y eventos varios en un intento de atraer a la máxima cantidad de público posible y unos cuantos bingos sobreviven año tras año en dura competencia con las modernas casas de apuestas deportivas, favoritas de los jugadores más jóvenes. Su destino vendrá marcado por su capacidad para modernizarse y atraer público nuevo, así que el reto está en el aire: no va más, señores.

 

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