Hoy hace 15 años que debiste ser nuestra

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A estas horas de un día como hoy hace 15 años, el Valencia iba ganando por 1-0 en la final de la Champions League de Milán ante el Bayern de Múnich . Una galopada de John Carew, aquel extraño delantero noruego de principios de los 2000, acabó en un penalti absurdo que transformó Mendieta. Era el gol más rápido en la historia de las finales de la Copa de Europa. Aquella debía ser nuestra Copa de Europa.

Quien diría hace 20 años que el Valencia iba a jugar una final de la Champions, y quien diría hoy, visto el desastre de los últimos años, que el Valencia jugó no una, sino dos finales consecutivas de la Liga de Campeones. Mucho ha llovido desde entonces, pero de aquello solo queda el escudo. Ya no se respira ni la esencia de ese equipo (casi) campeón.

Aquel era el Valencia de los Cañizares (más pendiente de rajar todo lo posible sobre el Valencia en Twitter), Ayala, Carboni, Kily o Baraja. Pero era, sobre todo, el Valencia de un chico rubio que jamás imaginó que llegaría a ser el pedazo de futbolista que fue: Mendieta. Él era el motor de aquel equipo que cuajó una competición perfecta y que no pudo culminar la gesta más grande jamás contada por dos factores que, generalmente, juegan en nuestra contra: el arbitraje y la suerte.

Mendieta transformando el penalti que ponía al Valencia por delante en el marcador – rememberingfootball.com

Porque aquella fue una final injusta. Después del golpe de realidad sufrido en París un año antes, nadie imaginaba que aquellos tíos, después de haber perdido tres piezas clave como eran Farinós, Gerard y Claudio López (el gran ídolo de Mestalla), volverían a plantar cara a la Europa futbolística y a ser ese murciélago que sacaba los colmillos y te picaba hasta desangrarte.

Fue injusta porque el penalti que no debió señalar el árbitro por mano de Carboni precedida de una falta de Janker supuso el empate, tras haber detenido Cañizares un primer penalti al conjunto alemán. Aquel partido del portero de cabellos rubios fue sublime, uno de los mejores que jamás ha disputado un portero en la historia de la competición. Y también fue injusta porque el Valencia, que llegó menos que los bávaros, falló las mejores ocasiones del encuentro, de aquella gran final que ninguno podemos olvidar.

La suerte, esa que históricamente parece destinada a frustrar los sueños valencianistas, fue esquiva hasta el final. Porque las finales, en ocasiones, se deciden en los pequeños detalles. Esos pequeños detalles que hicieron que un solo centímetro alejase a la “orejona” miles de kilómetros del que iba a ser su destino, en las orillas del Mediterráneo. Porque ese penalti que falló Carboni entra 99 de cada 100 veces. pero en aquella ocasión salió. Como las lágrimas salieron del alma de miles de seguidores chés en todo el mundo, que no podían dar crédito en lo que pasó en aquella noche del 2001.

Antes de aquello la tuvo Zahovic, quien había hecho una temporada desastrosa tras convertirse en el fichaje más ilusionante del Valencia en aquella temporada, pudo haberse convertido en el futbolista más importante en la historia del club si no hubiese fallado aquel mano a mano ante el odioso Kahn. Un Kahn que sacó, además de aquel balón imposible, su lado más humano cuando vio a Cañizares llorar desconsoladamente sobre el césped de San Siro.

Las lágrimas de Cañizares ya son historia del fútbol. Sus lágrimas fueron la viva imagen del sentimiento de todos y cada uno de los valencianistas que vivieron aquella noche. Fueron las más significativas, porque jamás se había visto llorar a un futbolista como lo hizo él aquel 23 de mayo, pero no fueron las únicas. Sobre el césped vimos las de Ayala, ese jugador que no valía para el Milán y que se convirtió en el defensa por excelencia en la historia del Valencia, cuando tuvo que ser sustituido por lesión cuando iba a entrar Vicente (otra de mala suerte, porque el de Benicalap hubiese puesto en muchos apuros a la defensa del Bayern). También vimos las de un joven David Albelda, que saltó al terreno de juego en el descanso tras el ataque de diarrea sufrido por el entonces entrenador Héctor Cúper, que decidió sacar a Pablo Aimar del terreno de juego, cuando más importancia podía tener su presencia. Vimos las de Kily. Vimos las de Baraja. Y vimos las de Pellegrino.

Porque el bueno del “flaco” también pasó a la historia del fútbol. Pero a esa historia a la que nadie quiere pertenecer, y en la que está acompañado por otros grandes como su ex compañero Djukic o un mito del fútbol de los 90, Roberto Baggio. En una tanda de penaltis que había llegado a la muerte súbita, su disparo, lento y teledirigido, fue detenido por las manos de un Oliver Kahn que se convirtió en leyenda del fútbol alemán, mientras el argentino se echaba al suelo totalmente abatido.

Aquella fue, posiblemente, la noche más triste en la historia del valencianismo. La noche de la final del año anterior fue dura, especialmente para los que tuvimos la suerte de estar en París, pero esa final no estaba hecha para el Valencia. Ésta era la buena. Y ésta fue la que se nos escapó.

Viendo las cosas con perspectiva, qué afortunados somos los que pudimos vivir aquellos. Mientras nuestros padres y abuelos nos hablan de Mundo, Kempes, Pasieguito y demás mitos del valencianismo, nosotros hablaremos a nuestros hijos y nietos de aquel grupo de tipos duros que chulearon a Europa cuando nadie daba un duro por ellos. Hablaremos de los saltos de Ayala, de los cojones de Carboni, de las carreras tribuneras de Kily, de la magia de Mendieta, de las galopadas de Anglomá, del saber estar de Baraja y de los goles de aquella curiosa delantera formada por Sánchez y Carew. Por nombre, una de las peores de la historia del club. Por rendimiento, una delantera mágica.

No sé si volveremos, y si volvemos, no sé si lo viviremos. Lo que tengo claro es que aquella noche del 23 de mayo de 2001 jamás la olvidaremos. Amunt.

P.D: os contaré un secreto. Sigo sin ser capaz de poder ver aquellas imágenes repetidas.

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