Historias de hospital sin final feliz

Posiblemente, lo peor que tenemos en esta vida es que no saldremos vivos de ella. Para algunos, esta afirmación se convierte en una continua angustia. Para otros, no es más que una forma de disfrutar, de vivir el momento. Ya sabes: “no te tomes la vida demasiado en serio. Total, no saldrás vivo de ella”. Otros directamente no piensan en ello.

Recientemente he tenido que pasar unos días en el hospital, acompañando a mi madre tras las consecuencias de una operación quirúrgica mal realizada. Quizá hablemos de eso en otro momento, y de “lo bien” que funciona la sanidad pública. Pero hoy quiero centrarme en el lado más humano de las enfermedades, en esa parte que va más allá del final feliz que tienen muchas estancias en el hospital.

Puedes acabar ingresado en el hospital por infinidad de motivos: puede que ingreses para dar a luz a tu primer hijo, puedes ingresar por una operación sencilla, o incluso puedes ingresar por una operación estética. Pero, ¿y cuándo ingresas en el hospital para no volver a salir?

Tras cerca de once horas de atención en urgencias del Hospital Clínico de Valencia (gran gestión la primera vez que estuvimos, que nos enviasteis a casa cuando jamás debíais haberlo hecho), tocó hacer ingreso hospitalario. La primera habitación en la que estuvimos no nos dejó una historia especialmente dura. Una mujer de cerca de 85 años sufrió una caída, se rompió un hueso y tuvo que estar hospitalizada varios días. Incluso produjo una agradable sorpresa, ya que Valencia es tan pequeña que esta señora era la madre de un ex jefe al que guardo bastante aprecio y coincidimos allí. Cosas de la vida.

Una tarde, una enfermera nos comunica que debemos cambiar de habitación, ya que querían hacer de aquella una de hombres. Una lástima, ya que podemos decir que estábamos en una “suite” del Hospital Clínico. El cambio fue claramente a peor, más allá del tamaño de la habitación. Al llegar a la nueva, nos encontramos ante una anciana con demencia senil en estado muy avanzado. La imagen era desgarradora: la señora gritaba incesantemente y su hijo se encontraba totalmente desesperado. Tuvimos que solicitar un cambio de habitación ya que nuestra estancia podría verse perjudicada ante una situación como aquella.

Y el cambio llegó.

Nos desplazaron a una habitación en otro pabellón del hospital, a la planta de enfermedades infecciosas. Aquello daba cierto respeto, entre habitaciones de aislamiento total y la presencia de toxicómanos que visitaban a sus seres queridos. Pero tuvimos suerte, mucha suerte.

En nuestra nueva habitación nos encontramos con un matrimonio encantados, al que llamaremos Luis y Pepa. Desde el primer momento nos recibieron extraordinariamente, daban conversación y echaban una mano con lo que fuese necesario. Si había que poner la tele, se ponía, si había que echar una mano a la hora de levantar a mi madre, se echaba, y si había que cuidar del otro paciente para bajar a fumar un cigarro, se cuidaba.

Luis y Pepa ingresaron allí poco después de Semana Santa. Tras unas vacaciones sensacionales, llenas de risas y alegría, Pepa comenzó a sentir dolores cervicales. No le dieron mayor importancia a aquella situación, pero los dolores no cesaban. Tras una visita al médico de cabecera, acudieron a urgencias del hospital. Pepa se quedaría ingresada unos días, le realizarían pruebas y se tomaría una determinación.

Más allá de la simpatía de Pepa y de la cordialidad de Luis, nos quedamos muy sorprendidos ante el amor que desprendía aquella pareja. Tienen dos hijos, un hombre y una mujer, muy simpáticos también. Y por lo que se veía en los ojos de Luis, le quería más que el primer día. Besos, caricias, palabras llenas de ternura… A Luis se le caía la baba cada vez que hablaba de su mujer. Mi madre, divorciada ella, sentía cierta envidia. “Yo quiero encontrar un marido como Luis”, bromeaba.

Los resultados de la prueba llegaron. Pepa nunca volverá a pisar la calle. Tiene cáncer en estado avanzado, con metástasis, y no hay solución. Cada día es peor que el anterior, Pepa ha perdido el apetito, Pepa se apaga. Y Luis se apaga con ella, aunque a menor velocidad, porque ha tenido que mantener el secreto durante varias semanas, para que su amada no sufra más de la cuenta. Cuando Pepa dormía, Luis se venía abajo, se quedaba mirando a la nada y las lágrimas, inconscientemente, caían de sus ojos. ¿Cómo se puede intentar animar a un hombre en su situación?

Luis no se ha separado un solo día de su esposa. Sus hijos “se enfadan” con él, porque necesita descansar, pero no hay noche en que Luis deje sola a Pepa a la hora de dormir. Solo va a casa un par de horas al día para asearse y dormir algo en buenas condiciones. Pero Luis jamás abandonará a su mujer, a esa joven que con el paso de los años ha madurado a su lado dando sentido y felicidad a una vida que, sin amor, es menos vida.

Hace un par de días que mi madre recibió el alta. Aquella fue una de las despedidas más duras de su vida. Entre aquellas cuatro paredes se forjó una amistad, un cariño, empatía. Y esa amistad va a ser efímera, porque Pepa se apaga. Aquello avanza a tal nivel que mi madre no sabe si va a llegar a tiempo de volver a ver a Pepa con vida, y eso que tiene que volver por allí para revisión en solo unos días.

Pensemos ahora en cuando creemos que la vida es una mierda porque alguien decide no estar a nuestro lado, cuando alguien prefiere estar otra persona antes que contigo. No, eso no es una mierda. Eso solo es la oportunidad de tener una vida mejor que la que has tenido hasta ahora. Lo de Luis sí que es una mierda. Una mierda que cada día se repite en miles de hospitales a lo largo de todo el mundo.

Por cierto, quiero aprovechar este espacio para dar las gracias a la extraordinaria labor que llevan a cabo miles de enfermeras y enfermeros en todo el mundo. Hacéis de nuestras estancias en los hospitales una experiencia maravillosa. Y eso que vosotras y vosotros veis estas mierdas todos y cada uno de los días. Valéis millones.

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