Hasta el horizonte

Nuestro lector y amigo Andrés Varela se ha animado a enviarnos su colección de “Relatos para provocar”. Por ello, publicaremos uno cada semana. Te animamos a que nos envíes tus relatos y los publicaremos en Valencia Culture Magazine.

Un hombre de unos ochenta años mira embobado el mar ante sí. Se desnuda dejando al aire todo su cuerpo, arrugado y decrépito, y comienza a caminar hacia el agua con una sonrisa infantil. Tras él, un grupo de personas no muy numeroso le observa mojar primero los pies y, luego, zambullirse en la mitad de una ola con el optimismo de alguien que tiene la certeza de que lo que hay al otro lado es mejor que lo que hay en este.

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El sol cae a plomo sobre la planicie. Es una zona muy seca y el agua un bien escaso que no se puede desperdiciar. El río más cercano es un hilillo intermitente que, quizás por medio a evaporarse, discurre por el subsuelo gran parte de su recorrido. El chavalín trae una garrafa plástica en cada extremo de la vara acomodada en su cuello y hombros.

No sabe por qué razón pero tiene una obsesión con cubrirse el cuerpo de agua y nadar. Su madre le recuerda que el agua es para vivir primero y luego para divertirse, como los nadadores famosos. Sin embargo, él es a lo que aspira, no puede dejar de pensar en ello. Se ha convertido en una obsesión. A veces se sorprende pasando horas y horas observando cómo reaccionan las hormigas al introducirlas es pequeñas cantidades de agua. Ojalá se pudiese encoger y saltar en una tapita llena de agua.

Pasó un año tras otro y el niño se convirtió en hombre. Los hijos se convirtieron en padres, los padres en abuelos, los abuelos en abono y el abono en plantas. El ahora hombre trabajó en la aldea y formó una familia sin abandonar nunca su filia. Cuando se dio cuenta se convirtió en abuelo y se sumió en una profunda depresión que sus nietos pudieron detectar y analizar.

Un día, mientras el viejo se recreaba con las hormigas y una tacita de agua, como siempre había hecho, el nieto que había conseguido una buena posición en una ciudad costera, propuso a toda la familia pasar unos días con él.

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Cuando al viejillo le comunicaron la noticia su cara se encendió con la fuerza de mil soles. Había que verle la sonrisilla y cómo aplaudía en el autobús de camino a su sueño más potente. Hacía todo tipo de preguntas sobre el color del agua, la forma de las olas y las corrientes predominantes.

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-¿Pero el abuelo sabe nadar?
-Me ha dicho que sí, que se lo ha imaginado desde niño.

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El viejo atraviesa la ola y comienza a bracear hacia el horizonte. Los nietos sonríen viéndole alejarse hasta que ven que los músculos del hombre no muestran cansancio y se acojonan. Dejan de sonreír de golpe y empiezan a gritarle ansiosos:

-¡Abuelo, que no vas a tener fuerzas para volver! ¡Vuelve! ¡Vuelve ya! ¿Pero qué demonios hace?

Solo uno de los nietos, “el raro”, eleva la voz por encima de la de los otros mientras le taladran con la mirada diciendo:

-¡Hasta el final, abuelo! ¡El horizonte te espera!

Parece que no, pero el viejo ha escuchado a la oveja negra y se dice que siempre supo que era un nieto especial antes de caer como un plomo desprovisto de fuerzas hacia el fondo del océano.

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