¿Cuándo vamos a dejar de sembrar odio?

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Otra noche que nos vamos a dormir con lágrimas en los ojos. 73 muertos, más de 100 heridos. Y los que quedan. Imágenes, vídeos, sonidos… otra vez vamos a recibir impactos mediáticos para los que no estamos preparados. Otra vez llenaremos nuestros perfiles de Facebook con banderas de Francia y la red se inundará de #JeSuis. Y otra vez seguiremos sembrando odio.

Sinceramente, no me gusta nada lo que veo a mi alrededor. Y en mi alrededor seguramente estás tú, amigo lector. Porque mi alrededor no es solo mi vecino, mi jefe o la pescadera del Consum, sino que mi alrededor también lo compone Twitter, Facebook y comentarios de los medios online. Y todo eso no es más que un nido de odio y de violencia verbal.

Es cierto que tú no eres el culpable de que un loco cogiese un camión y arrollase todo lo que pilló a su alrededor. Ni eres culpable de que cuatro o cinco tíos entrasen en una discoteca, fusil en mano, y se dedicasen a disparar a todo lo que se moviese a su alrededor. Ni eres culpable de la rabia interior que seguro sientes desde anoche. Pero sí que eres responsable de lo que escribes, como lo soy yo. Y lo que escribes, o lo que dices, muchas veces es la base de lo que pasa después.

Vivimos en un país maravilloso, con mil aspectos positivos. Un país en el que tienes una gastronomía extraordinaria, algunos de los mejores artistas del mundo, unos paisajes preciosos, y varios millones de personas intolerantes, miedosas, que no aceptan nada diferente a lo establecido (al establishment, vamos), y a los que les da igual insultar, faltar el respeto, despreciar. Y eso tiene sus consecuencias, siempre.

Hace un año cambió la vida política de nuestro país. Si fue para bien o para mal, el tiempo lo dirá. Pero hay mucha gente que no ha sido capaz de aceptar ese cambio de escenario. Mucha gente que se dedica a llenar las redes sociales de odio, de ira, de insultos, de desprecios. Y todo esto porque alguien que piensa distinto a ellos está en el poder.

No conozco personalmente al alcalde de esta ciudad, ni a ninguno de los concejales. No conocí a nadie del gobierno anterior. No puedo hablar sobre cómo son a nivel personal, ni sé si se acuestan cantando la internacional, si tienen una bandera independentista catalana colgada encima de su cama, o si son aduladores del líder espiritual de una secta satánica de la selva profunda del Congo. Pero lo que sí sé, porque lo veo día a día, son los comentarios que reciben. “Catalanistas de mierda”, “hijos de puta”, “el italiano ese” (como si ser extranjero fuese una deshonra). Éstos son comentarios que se leen todos los días en las redes sociales (recomiendo -bueno, realmente no- pasar cada día por el Facebook de Las Provincias), cargados de odio y de ira. Y ojo, hacia el otro lado igual. Exactamente lo mismo. Un auténtico caldo de cultivo. O hablemos de fútbol y de los programas lamentables que tan de moda se han puesto en las televisiones.

Parece que no sepamos dialogar sin insultar, y al final, tanto odio tiene consecuencias. No, no es excusa. Nunca es excusa. Pero a veces es motivo para que alguien que no esté en su sano juicio haga locuras. Y ya tenemos demasiados ejemplos. Cuando no son atentados, son masacres en colegios o en una sala de cine. Cuando no son masacres, son peleas previas a un partido de fútbol. Ya lo hemos visto en la Eurocopa, gente agrediendo simplemente por ser de un país distinto al tuyo. Integremos, no excluyamos. Y condenemos. Y denunciemos.

Al final, un dios no es excusa, sino una consecuencia. Un país no es una excusa, sino una consecuencia. Nunca he visto a un líder político declarar una guerra y estar en primera línea en el campo de batalla. El que ayer cogió el camión no era el líder del Estado Islámico.  Si nos damos cuenta, estamos muy por encima de ellos, solo tenemos que creérnoslo y actuar en consecuencia. No seamos rebaño, porque ellos no piensan en nosotros.

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