Abandonar a un perro

Se acerca el verano y con su llegada aparece unos de los fenómenos más despreciables e incomprensibles del ser humano, que es abandonar a un perro. Porque todo el mundo sabe que un perro no es un ser vivo, ni un ser con sentimientos, sino que es un capricho y un jueguete del que, cuando te cansas, te puedes desprender con total libertad. Ironías aparte, hacer eso es de ser lo peor como persona, por no entrar en descalificaciones personales.

Tengo que partir de la base de que en absoluto soy el compañero de viaje perfecto para Lucky, mi perro. De hecho, seguramente tenga más defectos que virtudes hacia él, por lo que no soy quien para dar lecciones de moralidad a nadie. Pero, a pesar de castigos, riñas y de no poder dedicarle todo el tiempo que me gustaría y que merece, Lucky es intocable. En numerosas ocasiones mis padres me han planteado la posibilidad de regalar a mi perro, y yo siempre respondo con la misma pregunta: “¿abandonarías a tu hijo? Bueno, mejor no contestes”.

Yo no sé qué te llevó a adoptar, adquirir o recibir como regalo a tu perro. Yo puedo hablar de mi caso y del significado que Lucky tiene en mi vida.

perro

Todo comenzó un 20 de abril de 2006. Después de una visita a mi abuela, que estaba ingresada en un hospital de Valencia, mi madre y yo fuimos a comer a un bar cercano. Tras unos bocadillos, unas bebidas y un poco de descanso, nos disponíamos a coger el coche. De camino nos cruzamos con una tienda de mascotas, y mi madre me dijo de entrar a preguntar si tenían Teckels (o perro salchicha), ya que la ilusión de su vida había sido tener uno. Fue en ese momento cuando, apartandome de mi madre, nuestras miradas se cruzaron. Ahí estaba él, pequeño, blanco y peludo y poniéndome cara de “sácame de esta jaula de una vez”. Aquella jaula era una puta vergüenza, y las autoridades deberían mirar muy bien el estado de las tiendas de mascotas antes de conceder licencias. Y con nuestras miradas se produjo un flechazo.

-Mamá, mira que perro más bonito.
-No me hagas mirar, que sabes que me vas a liar.
-Va, mira un segundo.
-Que no, que no nos vamos a llevar ningún perro, que hemos venido a preguntar.
-Che, mira.

Y miró. Y supongo que también se enamoró.

-¿Qué quieres para tu cumpleaños, un perro o una bicicleta?

No dudé ni un segundo. Y jamás me arrepentiré de la elección que hice. Además de que solo dos meses después tuve la bicicleta, pero ese es otro asunto.

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Así es como llegó Golfo a nuestras vidas. Y sí, somos unos seres despreciables por comprar un perro cuando hay miles en refugios de mascotas, ya lo sé. También hay millones de niños pasando hambre y los seres humanos seguimos teniendo hijos.

Tras Golfo vino Kira. Y juntos vinieron al mundo Dina, Lucky y tres más a los que no pusimos nombre pero que nos llenaron de alegría durante los dos meses que vivieron con nosotros.

Lamentablemente, Kira murió. Además de una forma que no se la deseo ni siquiera a mi peor enemigo, tras la gracia que hizo alguien de darle huesos de pollo cuando dijimos que la perra tenía su comida y que no se le diese nada. Pero la gente es así de simpática y graciosa. Luego llegan los lloros, el disgusto y el quebradero de cabeza que aún circula por mis neuronas siete años después.

Claro que, con la muerte de Kira, llegó Luna, posiblemente la perra más inteligente que tenga en mi vida. No era la más guapa, pero era la más linda. Y Luna se enamoró profundamente de Lucky. Fue su gran compañero de viaje, el inseparable, era pura pasión hacia él. Todos los días se dedicaba a lavarle, le hacía rabiar y le reñía, como hacemos las personas.

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La vida cambia, las personas entran y salen, y alguien obligó a los perros a separarse contra mi voluntad. Hay gente que coge gusto a las amenazas y las coacciones para conseguir lo que quiere, y en ocasiones lo consiguen.

Tres años y medio hace ya que no se ven. Tres años y medio en los que Lucky se ha comido una depresión que no era suya, noches de insomnio que no le pertenecían, momentos de alegría y decepciones, decepciones muy grandes. Y mientras los protagonistas han cambiado, Lucky siempre ha estado ahí, dispuesto a saludarte con toda la alegría del mundo, como si hiciese toda una vida que no te viese, aunque solo hayan pasado cinco minutos.

Mi intención con este artículo no es contarte mi vida, sino contarte la tuya. Porque antes de que te conviertas en escoria humana cuando se te ocurra la brillante idea de abandonar a un perro, un ser que daría su vida por ti, piensa en que lo que me pasó a mi te puede pasar a ti. Es cierto que él no lo haría, porque lo eres todo para él. Su mundo se reduce a ti, a nadie más que a ti, y jamás encontarás mejor compañero en tu camino por la vida, que es muy larga y nunca sabes qué te va a pasar y lo solo que te puedes llegar a ver.

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